Se levantó de madrugada con la intensión de salir del piso antes que nos despertáramos, evitando de esta manera nuestro llanto por su  partida. Pues así lo habían acordado él y mamá a medianoche. Sigiloso hizo un envoltorio en papel de periódicos, luego en unos paños, lo introdujo en una caja de muy buen gusto y lo guardó en una bolsa de regalos; tomó “el encargo” y  se marchó.

En la calle, ya los harapientos de costumbre hacían lo propio en los botes de basura, por eso no se detuvo allí. Antes de cruzar la esquina que daba para la Avenida Principal escuchó la sirena de un posible vehículo policial; apretó entre sus brazos el encargo, y camino despacito como para dar tiempo a que la patrulla cambiara de rumbo; pero no fue así, siguió en dirección a él, a la vez los latidos de su corazón sin-cro-ni-za-ban con las luces de la torre de la… ¡ambulacia!.

Recobró la calma y antes de seguir con su propósito volteó, miró a una prostituta y a su amante borracho discutiendo a gritos; estaban algo lejos, pero él apuró la marcha. Decidido a cruzar la avenida salió de la esquina, y en el primer paso que dio tropezó  con un flaco de chaqueta. El encargo se salió de la bolsa al caer al piso. Ambos fijaron sus miradas en la caja, él tomó el encargo, y el flaco sacó una pistola de su gabán. Sin palabras mi padre entendió que tenía que dejarlo todo allí.

Llegó al departamento justo cuando le lloraba a mi madre por la caja de mis zapatos nuevos. Mi hermana chillaba en la habitación porque no hallaba el pañuelo perfumado que tejió para su novio. Mamá quedó asombrada con el relato del cadáver del perro y nosotros desconsolados porque “Cloud” ya no estará más con nosotros.

Para evitar el llanto, llevaba el encargó al camión, pero no llegó al cielo, se lo arrebató el ladrón